os cambios experimentados en la sociedad llevan a que los parámetros básicos del aprendizaje (qué, cómo, cuándo, dónde, con quién, para qué aprender) también se hayan modificado en mayor o menor medida. Algunos autores afirman que aprendemos “a lo largo y a lo ancho de la vida” (Coll, 2016), de lo que se derivan al menos dos grandes consecuencias para la escuela.
Por un lado, resulta necesario que los estudiantes adquieran estrategias que les permitan seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida, lo que les hará convertirse en aprendices competentes. Por otro lado, la escuela no debería ignorar las experiencias de aprendizaje que el alumnado tiene en espacios ajenos al propio centro educativo, sino que debería procurar incorporarlos como materia prima sobre la que reflexionar en el contexto escolar. En otras palabras, resulta imprescindible que desde la escuela se atienda a los diversos espacios educativos (de distinto nivel de generalidad) en los cuales el alumnado aprende y se desarrolla.
Fuertemente relacionado con lo anterior, las propuestas de personalización del aprendizaje se refieren a la importancia de organizar la acción educativa atendiendo a los intereses, motivaciones, preocupaciones y necesidades del alumnado. Para ello, es imprescindible reconocer y confiar en la capacidad de los aprendices para tomar decisiones relacionadas con sus propios procesos de aprendizaje y con los distintos espacios en los que participan. Ante este escenario, una gestión de los espacios educativos participativa se convierte en un recurso fundamental que los profesionales de la educación pueden utilizar para contribuir a que la escuela se acerque progresivamente al modo en que nuestro alumnado aprende, reconociendo su capacidad para tomar algunas decisiones sobre su proceso de aprendizaje, al menos en lo referido a “dónde aprender”.
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